Cuando acudimos al médico en busca de una solución para alguna molestia o dolencia, por pequeña que sea, damos por sentado que este se valdrá de su experiencia para prescribirnos un tratamiento cuya efectividad ha sido lo más ampliamente demostrada con estudios empíricos. Sin embargo, cuando analizamos las prácticas que desarrollan los docentes es raro que se presuponga una relación con la evidencia científica.
Pensemos, por ejemplo, en una sesión de escritura implementada en un aula de 1.er curso de Educación Primaria. Para diseñarla y llevarla a cabo un/a docente debe tomar una serie de decisiones relativas al procedimiento, al tipo de texto que han de escribir, a la agrupación o a la evaluación, entre otras cosas. Si propone a su alumnado que en grupos de 4 escriban una carta a la asociación de vecinos del barrio ofreciéndose a colaborar en las fiestas y les pide que escriban primero un borrador que luego podrán mejorar con ayuda de una lista de control no solo será porque intuya o crea que será lo que mejor va a funcionar. Será porque, por formación, sabe que se ha demostrado que la escritura de textos funcionales a destinatarios auténticos, la instrucción de los procesos de escritura y la utilización de herramientas de autoevaluación son prácticas que repercuten positivamente en la calidad de las producciones escolares escritas.
¿Por qué entonces puede que esas decisiones se valoren y cuestionen como si se tratase de meras ocurrencias? Las razones pueden ser muchas, pero una de ellas es, sin duda, que la sociedad no es consciente de los vínculos que existen entre la acción docente y la evidencia educativa.
¿Qué es la evidencia educativa?
En el ámbito educativo se considera evidencia todo el conocimiento obtenido en procesos de investigación educativa, rigurosos, enfocados a la mejora de la práctica de aula y sensibles a las condiciones de dicha práctica y a su carácter situado (Ellis et al., 2010; Zabala, 2020).
Por lo que respecta a las prácticas de enseñanza y aprendizaje, se consideran evidencias las denominadas prácticas efectivas, aquellas de las que se ha demostrado empíricamente su efectividad, pero también las experiencias llevadas a cabo en contextos educativos auténticos siempre que los procedimientos sean relatados de forma sistemática y haya una evaluación de su impacto en el aprendizaje.
De las aulas a la evidencia, y viceversa
Visitando las páginas web y las redes sociales de los centros educativos se puede intuir que muchas de las prácticas que los estudios experimentales han demostrado eficaces o efectivas se aplican en las aulas. No obstante, la mayoría de ellas no están evidenciadas porque no se recurre a los estudios de investigación educativa para nombrarlas, explicarlas o fundamentarlas.
Así pues, con el deseo de favorecer su transferibilidad y generalización, las investigadoras de EVIPRADE nos hemos propuesto documentar prácticas desarrolladas en contextos educativos auténticos de modo que pasen a ser referentes para que otros docentes las comprendan y las asuman en el marco de sus contextos de actividad, dando lugar a procesos de innovación docente.
Los relatos situados y fundamentados interpelan a otros docentes, los motivan a la acción y ayudan a transitar de la evidencia a las aulas y viceversa para construir un marco educativo científico y compartido.